Noviembre -21-

By 11 noviembre, 2016Personal

 

Si no eres feliz con lo que tienes,

¿qué te hace pensar que lo serás con lo que te falta?

 

Noviembre es el mes que me vio nacer, es un momento muy especial, para mi es que se acaba un año de mi vida y en el que hago balance de todos mis logros, de análisis, de ver en qué he cambiado y cómo voy consiguiendo mis metas.

Y es que noviembre es un mes en que se mezcla unos días de sol muy intenso con el olor a tierra recién mojada por las primeras lluvias y eso me encanta.  Cada puesta de sol es única e irrepetible pero el colorido que me regala el universo en este mes es más mágico si cabe, el cielo se tiñe de un colorido que es imposible de retratar al 100%, es algo que sólo puedes disfrutarlo.

Noviembre empieza recordando a los difuntos, el día de los ‘fianos’ en mi tierra. Momento en el que se recuerda a los muertos. Discrepo mucho sobre cómo se trata el tema muerte en esta cultura, el tabú que siempre ha existido a su alrededor. Simpatizo más con culturas como las orientales en las que la muerte es una fiesta. Desde que damos la primera bocanada de aire es lo que tenemos seguro en la vida, el resto puede venir o salir pero lo que estamos destinados es a morir.

A lo largo de mi vida me he cruzado con cientos de personas y todas con percepciones muy distintas del significado de la vida pero todos tenemos un punto en común. Todos, absolutamente todos queremos ser felices.

La felicidad para mi es la suma de de cientos de momentitos que te suben los niveles de endorfinas y te hacen sentir en las nubes por un momento, para mí especialmente está en las cosas más pequeñas y que menos importancia se le da, en la sonrisa de un niño, en el agradecimiento de una persona mayor, en conseguir mejorar tu marca personal y ser un poquito mejor que el día anterior… Casualmente lo que más felicidad me aporta es cuando comparto. Imaginen que por un momento todas las cosas que les pasan en la vida, ¿cuántas estás deseando encontrarse a un amigo para compartirlas? Pues eso, sirva mi reflexión de hoy para que cada día aportes calidad de vida a tu vida, añadas vida a tus años y no años a tu vida. Porque no hay nada más importante más que ser y compartir.

Les dejo con un relato que encontré por internet, que no puedo asegurar su procedencia pero que da mucho que pensar.

Ésta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador. Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra. Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando, es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debía ir a la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días por caminos polvorientos divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores preciosas; la rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada. Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto, sintió que se olvidaba del pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Sus ojos eran los de un buscador y, quizás por eso, descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción: «Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días».

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla, decía: «Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas».

El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba. Una por una empezó a leer las lápidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que le conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los 11 años… Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó. Lo vio llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar. «No, ningún familiar —dijo el buscador— ¿qué pasa con este pueblo?, ¿qué cosa tan terrible hay en esta ciudad?, ¿por qué hay tantos niños enterrados en este lugar?, ¿cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que los ha obligado a construir un cementerio de niños?»

El anciano se sonrió y dijo: «Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré. Cuando un joven cumple quince años sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgando del cuello. Y es tradición entre nosotros que a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado, y a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo. Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?, ¿una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media? Y después la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana? ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo?, ¿y la boda de los amigos?, ¿y el viaje más deseado?, ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?, ¿cuánto tiempo duró disfrutar de esas situaciones?, ¿horas?, ¿días? Así vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos. Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque ése es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.”